
Los guías del musgo lo saben,
los tambores pueden invocar la madera
y sorprendernos con raíces que aman
el agua de un verso o el cadáver
de un poeta disuelto en su asombro.
Los senderos pertenecen al bosque
y los caminos que se adentran en él
pueden ser fotografías o cantos.
Si aman al bosque han de ser venerados.
Fuimos engañados en tiempos remotos:
nadie fue expulsado del paraíso,
es la infamia que cuentan
aquellos que dejaron de amarlo.